LOGOS DE LA RAZA PUERTORRIQUEÑA
Meditaciones aperiódicas sobre mi lengua
o sobre lo que de ella pudiera quedar
por el Dr. Rafael Andrés Escribano
Carta herméticamente abierta
al Presidente de la Universidad Interamericana
Parte II[1]
“El licenciado Vidriera” y yo
http://www.logofilo.com/RAE-CartaHermeticamenteAbiertaParte2.htm
Día de Venus, 26
de agosto de 2005
Distinguido Dr.
Fernós López-Cepero:
A más de una
semana de la Parte I de esta carta herméticamente abierta a usted, sigo sin
recibir la carta prometida por teléfono por la nueva Directora de mi
Departamento de Estudios Humanísticos, Profa. María Delgado Fernández, así que
me tomo la iniciativa de continuar informándole a usted, del trasfondo de los
eventos del Simposio “Medicación de las Drogas: Argumentos a Favor y en Contra”
e, íntimamente ligado a esos eventos, del delicado estado de salud de mi
departamento y, por extensión, de la institución que preside usted.
Fíjese usted que
ya en una ocasión, meses antes del Simposio, se me acusó en mi departamento de
“violación de contrato”...
En mi curso de
Novela y Narrativa, escogí discutir como texto principal “El licenciado
Vidriera”, una de las doce geniales Novelas Ejemplares de don Miguel de Cervantes
Saavedra, único texto de Cervantes que aparece en la antología oficial de la
Universidad Interamericana, El placer de leer y escribir. A principios
del semestre de enero a mayo, nuestra Directora, la Dra. María Ramos López, que
en paz descanse, nos convocó a varios profesores de español a preparar
ejercicios de selección múltiple para la identificación de la idea central de
un párrafo, para ir creando un archivo de ejercicios de lectura para el
laboratorio de español.
Como miembro de ese
comité, mi primera sugerencia fue que discutiéramos la validez misma de un
formato de selección múltiple para los ejercicios de identificación de la idea
central de un texto. La necesidad de cuestionarnos el formato de selección
múltiple la justifiqué de manera muy sencilla. Argumenté que —contrario, por
ejemplo, al proceso de identificar el sujeto de una oración— identificar la
idea central de un texto era un proceso no algorítmico y que no hay manera de
que se pueda predeterminar lo que cada cual considerará central en un texto.
Además, argumenté que en un texto verdaderamente bien pensado y bien escrito
—por ejemplo, “El licenciado Vidriera”— el texto mismo, en su totalidad y de
manera irreductible, es lo que constituye la idea central.
Y, de hecho,
basta enfrentarse al “primer párrafo” de “El licenciado Vidriera” e intentar
identificar su idea central para recibir una saludable sobredosis de humildad
(aún en la modernizada versión del libro oficial de la Interamericana):
PASEÁNDOSE dos caballeros estudiantes por las riberas de Tormes,
hallaron en ellas, debajo de un árbol durmiendo, a un muchacho de hasta edad de
once años, vestido como labrador. Mandaron a un criado que le despertase;
despertó y preguntáronle de adónde era y qué hacía -fol. 111v- durmiendo en aquella soledad. A lo cual el
muchacho respondió que el nombre de su tierra se le había olvidado, y que iba a
la ciudad de Salamanca a buscar un amo a quien servir, por sólo que le diese
estudio. Preguntáronle si sabía leer; respondió que sí, y escribir también.
(Biblioteca Virtual Cervantes: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01604396871144877439924/p0000001.htm#I_1_
y que, sorprendentemente, es idéntica a la del texto oficial de la
Interamericana. Pero ésos son otros veinte pesos...)
He puesto “primer
párrafo” entre comillas porque, según les expliqué a mis colegas, las primeras
ediciones de esta novela ejemplar de Cervantes carecían de división en
párrafos:


Ésas son las
primeras dos páginas de la edición facsímil de “El licenciado Vidriera” según
aparece en la Biblioteca Virtual Cervantes en http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/89669623742345478968957/ima0000.htm
y de las que les di copia a los presentes en la reunión. Las caras de horror de
mis colegas no tardaron en mover los labios:
“Oye, ¿pero tú no te das cuenta que
estás en violación de contrato?”
Fíjese usted, don
Manuel, el estado de terror que existe en Estudios Humanísticos que la pregunta
de qué es lo que pensamos de un asunto lingüístico, literario o pedagógico
queda completamente subordinada a si el asunto es “legal” o no, y donde esa
“ley” no se conoce.... (Y de ninguna manera estoy sugiriendo que este terror
exista exclusivamente en mi departamento o en la Interamericana o en Puerto
Rico exclusivamente...)
Pregunté que por
qué. Se me dijo que yo no podía usar materiales que no fueran los escogidos por
el Departamento o por la Universidad y cosas por el estilo... Nadie, excepto
este arrogantemente humilde lingüista puertorriqueño que aquí le teclea, osó
plantearse el problema en términos de si esto era provechoso para mis
estudiantes o no. Y se intentó reducir la discusión a si yo violaba o no mi
contrato con la Interamericana al incluir esta edición antigua de “El
licenciado Vidriera” entre mis materiales de clase.
Les expliqué que yo no pretendía imponerle esos
materiales a ninguno de mis colegas y que cada uno de ellos era quien debía
decidir qué materiales usar en sus respectivas clases. Y que no, que yo no
creía que con esto estuviera yo violando ningún contrato sino todo lo
contrario, es decir, que mi responsabilidad era precisamente usar mi
entrenamiento en lingüística y lengua española para lograr el mejor provecho
posible de mis estudiantes, según lo entendiera yo.
Seguí razonando
con mis colegas. Les dije que esta versión antigua me permitía discutir de
manera natural toda una serie de temas que me parecían de provecho para mis
estudiantes, mientras que si me limitaba a la versión de “El licenciado
Vidriera” que aparece en El placer
de leer y escribir, sólo podría yo traer esos temas de manera forzada
—entre otros, la casi total ausencia de acentos agudos; la presencia de acentos
circunflejos y graves; la ausencia de signos de interrogación iniciales; la
ausencia de espacio después de coma, colon y semicolon; la substitución de
<n> final de sílaba por una tilde sobre la vocal anterior; la
capitalización de palabras que hoy no se capitalizan; el diferente valor de las
letras <v, u, x...>; el uso de la cedilla; las dobles consonantes; las
contracciones de palabras...
Ni siquiera el
potencial de estas primeras ediciones originales de “El licenciado Vidriera”
para sanar el cruel estigma que desde la ignorancia se nos inflige a los
puertorriqueños en escuelas y universidades en cuanto a nuestro perfectamente
natural y tradicional cambio de <r> en <l> en posición final de
sílaba, mostrándoles a los estudiantes puertorriqueños que el mismo Cervantes
así lo hacía, incluso en la escritura...
<<Topó vna vez a vna tendera, que lleuaua
delante de si vna hija suya muy fea, pero muy llena de dixes, de galas y de
perlas, y dixole a la madre: «Muy bien aueys hecho en empedralla
[empedrarla], porque se pueda passear.
[...] Por oyrle reñir y responder a todos, le seguian siempre muchos, y los
muchachos tomaron y tuuieron por mejor partido, antes oylle [oírle] que tiralle
[tirarle]. >>
...ni siquiera en
cuanto a ese crucial punto —que para cualquier puertorriqueño bien nacido no
debería ser menos que una epifanía— vieron mis colegas algo que les amortiguara
el horror ante la posibilidad de que estuviera yo “violando contrato”. Claro,
que yo sé que detrás de ese horror, todos tomaron nota mental de esta gran
revelación que, más que a mi dudosa genialidad, se la debemos a la fuente de
inspiración infinita que son los estudiantes puertorriqueños de Arecibo con los
que tuve el honor de compartir uno de los mejores años de mi carrera docente...
Y fueron muchas
las cosas que me enseñaron esos estudiantes puertorriqueños que el comunicador
Rolando Torres me acusa de corromper... Pero si esto es corrupción, como dice
el animador radial Rolando Torres, pues entonces en la corrupción he encontrado
mi nueva vocación. Y si esto es violación de contrato, como dicen mis colegas,
entonces creo que le dedicaré gustosamente el resto de mi carrera a las más
bestiales violaciones de contrato imaginables. Y creo que, por el bien de la
puertorriqueñidad, debería la Interamericana contratarme no sólo a mí sino al
mayor número posible de corrompedores de jóvenes y violadores de contrato que
por el mundo hayan...
Al finalizar la
reunión, fui a mi cubículo para prepararme para mi próxima clase. Desde su
cubículo, vino la hoy nueva Directora de Estudios Humanísticos, la Profa. María
Delgado Fernández (que aparentemente había escuchado desde afuera lo que había
ocurrido en la reunión —porque las divisiones de los cubículos y de la sala de
reunión no llegan al techo, o sea que todo se oye) se me cuadró en frente y,
sin prolegómeno que valga, me compartió su apasionada opinión:
<<TÚ ESTÁS JODÍO>>
Y lo pongo en
mayúsculas porque, a pesar de estar ella a no más de tres o cuatro pies de mí,
me lo gritó en la cara. Pero a pesar de que me lo gritó, quise asegurarme que
no me lo estaba imaginando. Y le digo:
<<Disculpa, ¿qué es lo que me acabas de decir?>>
y me dice
<<Tú oíste bien lo que te dije.>>
Le digo
<<No, por eso mismo te pregunto, porque no estoy seguro de lo que
oí.>>
Y me dice de
nuevo
<<Que tú estás jodío, mijo.>>
Le pregunto que por qué estoy yo “jodío”,
como ella dice, y me vuelve a decir “tú estás jodío”. Le digo “yo no estoy
jodío, en todo caso lo que estoy es bendecido... y estoy bendecido porque soy
hijo de Dios”... Me dice “ten cuidao, que al hijo de Dios lo crucificaron”...
Le digo “pues no te preocupes por que me crucifiquen, que yo creo en la
resurrección”.
(Un
pequeño paréntesis... Todo esto ocurre el jueves 3 de marzo de 2005, según las
notas que tomé poco después para ver si podía llegar a entender la pinta de arroz
con bicicleta que iba cobrando todo esto... Pero una semana antes ya me había
ocurrido algo con la misma colega, la Profa. María Delgado Fernández:
Estoy conversando
con el Prof. Toledo que me quería consultar sobre los ejercicios de idea
central que tendríamos que entregar en la reunión del 3 de marzo. Me pregunta
Toledo que qué es lo que voy a hacer yo para los ejercicios de idea central. Le
digo que simplemente buscar la idea central en cada uno de los primeros cinco
párrafos de El licenciado Vidriera, como yo ofreciera y se aceptara en
la reunión preparatoria, y que si la encuentro, bien, y si no, pues explico las
dificultades que haya encontrado... como ya he relatado arriba.
María Delgado
Fernández da la vuelta desde su cubículo hasta el mío y se mete en mi
conversación con Toledo para decirme que en todo párrafo siempre hay una
idea central.
Le digo “escógete
un párrafo cualquiera y suponte que diez de nosotros nos sentamos y escribimos,
sin consultarnos, lo que para cada uno de nosotros es la idea central del
párrafo en cuestión... Sería bien difícil que los diez salgamos con la misma
idea central, y con razón, le digo, porque determinar cuál es la idea central
de un párrafo o de cualquier texto, es precisamente un proceso de interpretación
y la interpretación depende crucialmente del intérprete. Le digo que no es que
no pueda tener sentido ni que no pueda ser útil poner a un estudiante a
determinar lo que para él es la idea central de un párrafo. El problema para
mí, le digo, surge cuando se usan ejercicios de selección múltiple, es decir,
cuando se restringe la idea central posible a cuatro o cinco alternativas...
A modo de
ejemplo, le pregunto cuál para ella es la idea central del afiche, de las
Naciones Unidas si mal no recuerdo, al lado de mi cubículo y que tiene una
paloma blanca con un ramo de olivo en el pico y la palabra “paz” en español,
francés y hebreo... Me dice que está claro que la idea central del afiche es la
paz. Yo le digo que no veo ningún problema con que para ella sea ésa la idea
central pero que para mí la idea central del afiche es más bien “el globalismo”
o “el sionismo”, por dar dos ejemplos, y que se me ocurren muchos otros. Y que
ahí radica precisamente la dificultad de usar la noción de idea central en un
ejercicio de selección múltiple...
Al otro día,
Toledo me dice bajito “tengo que hablar contigo”... El misterio se prolonga
porque Toledo está mirando para todos lados y, aunque yo no los veo, parece que
detecta moros en la costa y me dice, bajito de nuevo, que habla conmigo luego.
Cuando por fin me encuentra más tarde en mi cubículo, me explica: “alguien que
te tiene mucho cariño me dijo algo: te están velando desde arriba”. Le pregunto
que quién es el que me está velando desde arriba y por qué. “Olvídate, el caso
es que te están velando. Mira, Escribano, el que me dijo esto es alguien que te
tiene mucho cariño y yo lo sé. Y yo te tengo mucho cariño también. No puedes
volver a decir nada sobre la idea central por el resto del semestre...
Acuérdate que nosotros queremos que te renueven el contrato y queremos tenerte
aquí el año que viene... Pero no puedes volver a hablar de idea central...)
Bueno, regresando
al jueves 3 de marzo y a mi conversación con la Profa. Delgado Fernández en la
que me informa que yo estoy “JODÍO”, un colega que enseña inglés y que escuchó
todo desde par de cubículos más abajo, se me acerca y me dice “tú sabes que en
la vida hay momentos en que hay que ceder”... “Sí, lo sé”, le digo, y me dice
“tú eres cristiano ¿verdad?”. Le digo que sí. Me dice “tú lo que te tienes que
preguntar es qué es lo que haría Jesucristo en esta situación” y le digo “yo sé
lo que haría Jesucristo en esta situación, haría el bien según se lo dicta su
conciencia, es decir, actuaría según su conciencia”.
El
profesor de inglés Gerry Kaplan también ha escuchado la conversación (o parte
de ella) desde su cubículo y quiere aconsejarme. Nos vamos debajo de una de las
sombrillas entre el edificio B y el Centro de Estudiantes. Me pregunta qué está
pasando. Le cuento. Me dice que yo no estoy violando contrato alguno. Que esto
es simplemente envidia o simplemente que yo no les caigo bien a ciertos
profesores, porque si fuera simplemente cuestión de un error mío, sería tan
sencillo como explicarme lo que tenía que hacer y punto. Me dice que yo lo que
estoy haciendo no es otra cosa sino mi deber, es decir, hacer mis clases más
educativas, más interesantes y que cree que disfrutaría mucho estar en una
clase mía... Me aconseja que siga creando, que siga haciendo el bien y que sencillamente
no les diga nada al resto de mis colegas de lo que estaba yo haciendo en mis
clases.
Mi hora y media
de almuerzo (y más la mitad de mi clase de Poesía y Teatro de 1:30 a 3pm), la
paso, a petición de la Dra. María Ramos López, en su oficina, leyéndome ella su
evaluación, como Directora, de mi primer año en la Inter. Le digo que no estoy
de acuerdo con la evaluación (tres punto veintipico, creo, de cuatro) y que
prefiero no ponerle mi firma hasta no tener oportunidad de leerla con calma,
que por favor me dé una copia. María me explica que es el último día que tiene
para someterla a sus superiores. Le digo que para no crearle un problema
innecesario a ella, y sólo por esa razón, la voy a firmar. (Y conste que en ese
momento aún no tenía yo ni noticia ni indicio de que María Ramos estaba en una
lista de espera para un transplante de pulmón y que pocos meses más tarde
fallecería.) Le firmo la evaluación. Me vuelve a hablar de lo de El
licenciado Vidriera... que tenga cuidado, que si yo no me limito a la
antología (El placer de leer y escribir) y los estudiantes salen mal en
la clase, yo era demandable por los estudiantes. Le digo que mis estudiantes
del semestre anterior sacaron notas excelentes —más de la mitad habían sacado
A— y le añado que las demandas son espadas de doble filo y que el que demanda
puede terminar siendo el perjudicado... Le explico que las ediciones
adicionales que yo uso en clase son necesarias en mi opinión porque la edición
de El licenciado Vidriera que ofrece nuestra antología oculta aspectos
de la novela que son de crucial importancia para los estudiantes
puertorriqueños... Le menciono de nuevo, como ejemplo, el hecho de que en esa
novela el narrador cervantino escribe, hace cuatrocientos años, como hablamos
los puertorriqueños todavía hoy día (e.g. apedrealla, oílle, tiralle,
en lugar de apedrearla, oírle, tirarle) y que esto es
crucial que los estudiantes lo sepan para que entiendan la antigüedad, el
linaje y la dignidad del español que hablamos los puertorriqueños... Le menciono
a María que hay en el Departamento ese día un extraño ambiente de tensión que
raya en el hostigamiento, por ejemplo, lo de mi supuesta “violación de
contrato” y luego María Delgado con lo de que supuestamente estoy “JODÍO”. No
dice nada pero parece tomar nota.
Por cierto, esta
evaluación de mi entonces Directora, María Ramos López, contrasta
dramáticamente con la que me hicieran ella, el Dr. Manuel Soto Paredes y el
Prof. José Valle en su visita de evaluación a mi clase de lingüística. En esa
evaluación, me dieron puntuación perfecta en todas las áreas en que me
evaluaron (22 áreas en total, si no me equivoco). Bueno, en todas menos en una
en que me evaluaban en cuanto a si mi manera de hablar en clase era académica o
no. Me explicaron que yo no debía cambiar <r> final de sílaba en
<l>. Traté de explicarles que el linaje y casticidad de esa
característica de la lengua puertorriqueña los habíamos discutido en clase en
detalle, con ejemplos de textos de Cervantes y con textos de periodos anteriores
al Siglo de Oro, y que yo hablaba como puertorriqueño en mis clases de
lingüística con mis igualmente puertorriqueños estudiantes y futuros maestros
de español precisamente para que vieran que mi autoridad como lingüista no
impedía hablar con naturalidad como puertorriqueño. Pero no logré convencer a
mis queridos colegas.
Una gran ironía
en todo esto es que en el mismo texto oficial de la Inter, El placer de leer
y escribir, página 885, la primera página de las “Referencias de
direcciones en Internet”, los autores del libro recomiendan el site de donde
había sacado yo la edición supervisada por Cervantes de “El licenciado
Vidriera”. O sea, que o bien los colegas que me querían impedir que yo usara la
versión original no se habían leído esa parte de nuestro libro de texto o bien,
y peor aún, sí se la habían leído y, aún así, por alguna razón desconocida para
mí, me estaban tratando de disuadir de no seguir esa recomendación de los
autores del texto, al punto de acusarme de que si lo hacía estaría violando mi
contrato... Y en efecto, por lo menos uno de mis colegas, el Dr. Juan Horta, me
dijo estaba consciente de ello. Cuando le pregunté que, si eso era así, por qué
no podía yo usar las versiones originales de Cervantes recomendadas por los
autores de El placer de leer y escribir, me respondió airado “Porque
no”.
Que conste y que
quede claro que nada de lo que aquí digo se debe interpretar como queja. Lo que
aquí narro no es otra cosa, en mi opinión, que el intercambio natural y
saludable que tuve el privilegio de vivir con mis queridos y excelentes colegas
de la Inter de Arecibo. De la misma manera, la Parte I de esta epístola
herméticamente abierta a usted tampoco se debe interpretar como una queja
contra Rolando Torres ni contra cualquiera otro de los personajes que figuraran
en el Simposio sobre las drogas. Lo que siento por todos estos amigos, incluido
Rolando Torres, no es sino cariño y admiración por manifestarme a cada momento
lo que sentían.
Ahora, ¿cuál será
la idea central de todo esto? No creo saberlo pero confío en que nuestra
cervantina lengua puertorriqueña nos permitirá a cada cual decir lo que tenemos
que decir y llegar a donde tengamos que llegar... Que Dios lo bendiga una vez
más.
Cordialmente,
Rafael
Dr. Rafael Andrés Escribano
Hasting BA-8, Garden Hills Norte
Guaynabo, Puerto Rico USA 00966
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www.logofilo.com
787 221 5615
[1] La Parte I, Mi mano, mi silencio y el cáñamo se puede leer en http://www.logofilo.com/RAE-CartaHermeticamenteAbierta.